Miércoles, 1° de mayo de 2024. Andá a saber Dios por qué creía que el gimnasio iba a estar abierto, pero salí muy convencida de ello, con el look completo de entrenar inferiores. Es decir, la calza que no queda transparente en el culo cuando hago sentadillas sumo. Y de esta forma descubrí que mi gimnasio tiene puertas metálicas, similares a esas de los locales de ropa en el centro. Llegaba incluso a ser un poco hostil el modo como aquella especie de cortina de hierro dejaba la fachada del gym pareciendo la entrada de una galería de Once un domingo a la mañana. Solo faltaba un charco de meo en la vereda al lado de una botella de Fernandito por la mitad. Ya que estaba deportivamente vestida y había caminado dos cuadras desde mi casa, y tampoco tenía realmente nada mejor que hacer, decidí que haría mis seis mil pasos por la suntuosa Gran Vía de les Corts Catalanes.
En el camino, nada realmente interesante. Algunas marchas de sindicatos de trabajadores que no pude identificar de quiénes eran porque obviamente no tenía encima los anteojos que me hacían evitar ver el mundo como una gran pintura impresionista en 3D.
A la vuelta, sin embargo, ya cerca de mi casa, me topo con una de las escenas más estrafalarias que he visto en mi vida. A algunos metros de la esquina de Girona y Diputació, veo del otro lado de la calle a un chico paseando a su perro. No estaban precisamente moviéndose. Desde lejos se los veía más bien detenidos en la esquina. El perro estaba haciendo caca y el pibe esperando a que él terminara para poder seguir con su vida. Yo caminaba a pasos muy lentos, ya que, a pesar de haber ocupado aproximadamente una hora de mi día con la caminata, continuaba sin tener mucho que hacer.
El pibe empezaba a demostrar señales de impaciencia hacia el perro, y no lo culpo. Probablemente él sí tenía algo útil para hacer con su mañana libre. Sucede entonces que cuando estoy a menos de 20 pasos de los dos, el pibe se agacha y pone delicadamente sus dos manos una de cada lado de la panza del perro. Si un perro tuviera cintura, diría que las manos del pibe estaban apoyadas precisamente sobre la cintura baja del animal, que tenía un porte mediano. Ni muy grande ni muy chico. Con las dos manos debidamente posicionadas en el cuerpecito del perro, el pibe empieza a presionarlo, como si estuviera tratando de conscientemente hacer explotar a una morcilla gigante.
Me acerco lentamente sin desviarme de mi camino, y es cuando mi estado de confusión le da lugar a una risa contenida. La risa quiere salir, pero no se lo permito. En mi cara mando yo. Trato de mantener mis labios pegados uno al otro mientras el aire que tengo dentro de la boca lucha con fuerza por escapar, con la clara intención de hacerme mostrar los dientes y soltar algún ruido tosco.
El perro había hecho caca, pero encontraba cierta dificultad en expulsarla por completo de su organismo. Su dueño, con la mejor de las intenciones, le apretaba la panza en un intento fallido de hacer que aquellos 5 centímetros de caca dura y seca incrustada finalmente se soltasen de su culo para que, por fin, pudieran volver a su casa. A su feriado del día del trabajador. El pibe, con razón, se empieza a poner aún más impaciente y diría que hasta incluso algo ansioso. Rápidamente, se percata de que observo la escena de manera poco disimulada, pero no le importa realmente. Todo lo que quiere es que su perro estreñido suelte la caca.
Yo no tenía más remedio que caminar cada vez más despacio con la esperanza de ser testigo del final de aquella intrincada batalla. Pero luego me di cuenta de que necesitaría detenerme por completo para esperar a que eso sucediera. Y, bueno, todo tiene un límite.
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