miércoles, 26 de febrero de 2025

Todavía extraño a mi ex

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Hoy se cumple un año desde que aterricé en El Prat y sentí por última vez ese dolor siniestro en la cervical que me acompañaba desde hacía meses. Fue justo después de que el avión tocara el suelo, cuando me levanté y agarré mi carry-on. Nunca más lo volví a sentir. Luego de haber estado más de dos meses padeciendo en Brasil, mi estado era una clase de euforia contenida por el cansancio. Era un lunes por la mañana, hacía un poco de frío y estaba soleado. Dentro del taxi que me llevaba hasta el departamento de la calle Bailén, los edificios de la Gran Via me llenaban los ojos y me hacían acordar a mi ex. Mi ex ciudad. Buenos Aires. 

Un año de Barcelona y tengo que admitirlo: aún la extraño.

Cuantas más ciudades conozco, más me convenzo de que no hay ninguna como Buenos Aires. Quizás haya ciudades más lindas, más seguras, más coquetas, más cosmopolitas, con más alternativas para gastar tu plata, pero ninguna es como Buenos Aires. Podría decir que Buenos Aires tiene ese je ne sais quoi, pero, dale, todos sabemos qué tiene Buenos Aires.

Buenos Aires tiene eso de que te vas una semana de vacaciones y no te querés volver de ahí jamás. Es un lugar que te abraza y te da todo. Incluso algo de sufrimiento, pero, en el fondo, la culpa no la tiene ella. También tiene eso de que llega un momento en que hay que saber dejarla ir. O irse de ella. Entregarse a otro lugar. En mi caso, Barcelona.

Para mí, Barcelona es como ese nuevo novio que es elegante, exitoso, estable mental y económicamente, vive solo en su propio departamento, tiene auto y ahorros, un partidazo. Pero un poco aburrido, incluso medio tibio. Se considera progresista, pero no le interesa mucho la política, y todos sus viajes fueron dentro de Europa. Le gusta volver a casa antes de la una, no suele exagerar con el alcohol y tampoco se arriesga con la comida callejera. Por cierto, le encanta el sushi.

Buenos Aires, en cambio, es ese ex medio tóxico que te volvió loca, que está más bueno que comer pollo con la mano, que te llevó a las mejores aventuras y te hizo vivir las mejores experiencias. Te trató mal algunas veces, te hizo llorar muchísimas más, te metió en varios quilombos y lo quisiste dejar mil veces. No tiene un peso en el bolsillo, pero te invita un choripán en la costanera y, cada tanto, amasa unas pizzas riquísimas. Hizo un mochilón por toda Latinoamérica y el sudeste asiático, y se involucra en todos los temas del momento.

Buenos Aires es fumar flores que tu amigo cultivó en la terraza. Barcelona es hacerte socio de un club de marihuana y comprar ahí unos prensados. A veces, hacerte socio sin querer. Dos veces. En dos clubes distintos. Puede pasar.

Un año después, estoy satisfecha con mi decisión, a pesar de que muy poco haya salido como planeado. 

Sí, porque al final, nuestro lugar en el mundo lo hacemos nosotros, no importa dónde sea ni qué cosas te ofrece. Hay que buscar lo que nos llena, como un kebab de pollo en el Born un jueves cerca de la medianoche.

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