martes, 21 de julio de 2026

Roomies - Capítulo 2: The nasty facho

Versão em português.

Cansada de mi diminuta y oscura habitación, donde ni siquiera podía recibir a mi pareja, aunque fuera por algunos minutos, 7 meses después de haber llegado 4 más de lo planificado inicialmente , decidí mudarme a otro departamento, es decir, a otra habitación. Era la segunda que visitaba aquella semana y ya había descartado la primera. El piso quedaba en un edificio alto ubicado cerca del límite norte de Barcelona, en un barrio que poco se parecía a la Barcelona que yo conocía hasta ese entonces. La habitación también era diminuta, pero entraba luz natural todo el día, era más barata, permitía visitas y solo compartiría el piso con una persona (un venezolano con una pinta que no me inspiraba demasiada confianza), cosas que por sí solas ya sumaban puntos (sacando lo de la mala pinta). Aun así, algunas cosas no me terminaban de convencer. Quería más espacio para mis cosas y ahí definitivamente no lo había. 


Al terminar la visita, el tipo me hizo sentar en una silla en el living-comedor y quiso que le confirmara en ese mismo momento si quería o no la habitación. Le pregunté si le podría responder al día siguiente o a la tarde de ese mismo día, pero me dijo que quería cerrar las visitas y que tendría que decirlo ya. Como aún era inexperta en el negocio de las habitaciones y temía estar perdiendo una gran oportunidad y corriendo el riesgo de dormir en la calle, terminé diciéndole que sí. Todavía faltaban 3 semanas para mudarme, ya le había transferido la fianza y no me terminaba de convencer mi decisión. 


Habíamos quedado en que unos días antes de la mudanza definitiva empezaría a llevar mis cosas, que solo tenía que avisarle cuando iba y listo. Llegado el día, con la primera valija armada, le escribo por WhatsApp y no me responde. Lo veía online. Una, dos, tres veces en las dos horas que estuve esperando su respuesta, y nada. Le llamé y finalmente me atendió. Dijo que estaba limpiando el departamento para recibirme y no estaba pendiente del celular. 


La mala vibra siguió durante las primeras semanas de convivencia y su modo de hablarme y mirarme me ponían cada vez más incómoda. Intentaba engañarme a mí misma, que eran cosas de mi cabeza, que él no estaba tratando de tirarme onda, aún menos sabiendo que tenía pareja, y habiendo conocido a mi pareja el día que llevé mis cosas. Pero la verdad era que su actitud me iba haciendo cada vez más ruido. 


No tardé en descubrir lo obvio: era facho. De esos clásicos que no tienen idea de lo que hablan y solo repiten frases hechas como loros adiestrados. Como forma de acercarse, quería que cada tanto hiciéramos una cena juntos en el comedor, y en una de esas, mientras hablábamos de que yo era zurda, dijo, de la nada: “se terminó la fiesta en Argentina”. “¿De qué hablás? ¿Qué fiesta?”, le pregunté. “La fiesta”, dijo otra vez y se rió como un mono de circo. Esto fue todo lo que pudo opinar del flamante presidente del país que yo había dejado meses antes.


Cada semana que pasaba, mi roomie me caía peor, pero trataba de relevarlo para no tener que enfrentar otra búsqueda de piso y otra mudanza en un período tan corto. Una de sus tácticas para ¿conquistarme? era hacer comentarios negativos sobre mi pareja disfrazados de consejos de amigo. El día de mi cumpleaños, luego de volver de un fin de semana con mi novio en un pueblito francés, me preguntó si él no había llevado una torta de cumpleaños en el baúl del auto para regalarme. Ante mi cara de ¿qué clase de pregunta es esta? y mi respuesta negativa, se mostró indignado. Porque él sí era un partidazo y me había comprado un tiramisú de Carrefour y puesto una velita para festejar. No me dejé abatir porque sabía que en pocos días él pasaría las fiestas en Venezuela y estaría casi cuatro semanas lejos de mi radar. 


Resulta que en el día de su viaje, mientras iba en tren a Madrid porque era más barato salir de allí (ante todo, muerto de hambre), yo estaba tranquila en un bar cuando me empieza a escribir enloquecidamente por WhatsApp. Deliberadamente elijo no leer los mensajes para no arruinar mi noche. Pero no satisfecho, decide llamarme. Atiendo. “Me tienes que hacer el favor de tu vida”, me dice. 


“Estoy en el tren hacia Madrid y me olvidé mis pasaportes en casa. Vas a tener que llevarlos a la estación de Sants mañana a las 6 de la mañana. Vas a tener que buscar a alguien que te parezca confiable y ofrecerle dinero para que me traiga los pasaportes y los recibo en la estación en Madrid”. 


Yo no podía creer en lo que escuchaba. Le dije que no pensaba hacer eso. Que era mejor que volviera él y buscara sus pasaportes. Pero él insistió, con un tono levemente amenazador, y le terminé diciendo que sí, con los ojos explotando de odio. 


Me transfirió 100 euros y a las 5 de la madrugada ya estaba de pie, después de no haber podido pegar el ojo ni por un minuto, en el metro rumbo a Sants, con su plata en el bolsillo y los dos pasaportes en la cartera. 


Yo temblaba ante la misión de tener que pedir a desconocidos que llevaran de tren a Madrid dos pasaportes, uno español y otro venezolano, a otro desconocido. Luego de algunas negativas, encontré a un chico catalán que me dijo que lo haría. Estaba con su madre, pero embarcaría solo a Madrid. 


Mi amable roomie me había asegurado que estaría online desde la primera hora y que, ni bien yo tuviera el “mensajero”, le pasara su WhatsApp y características físicas, de modo que, para tranquilizar al chico, le dije que no se preocupara, porque ahora mismo mi compi le escribiría para arreglar todo. Le di los 100 euros y los pasaportes, le agradecí inmensamente y me fui mientras le escribía al susodicho, que, obviamente, no estaba online y no me respondía. Después de dedicarle todo mi repertorio de los insultos argentinos más rebuscados, finalmente me respondió. Por mi salud mental, terminada mi misión, corté la comunicación con él e intenté olvidarme de aquella situación, al menos por las próximas semanas, en las que estaría sola en el departamento.


Durante las 4 semanas siguientes, pasaron cosas. Mi roomie me escribía mensajes cada vez más asquerosos con el sarcasmo de un niño de nueve años, aunque yo apenas le respondía. El día de su regreso, me escribió pidiendo que le abriera la puerta porque no solo se había olvidado sus pasaportes, sino también las llaves, de modo que cuando volví a casa aquella noche, estaba él sentado al lado de la puerta del edificio, acompañado de un tipo que supuestamente vendría a ser su tío.


Mi habitación no se podía cerrar con llave, así que, por las dudas, empujé la cómoda barata de Ikea contra la puerta de modo que nadie pudiera abrirla, al menos no sin que yo me despertara por el ruido. 


Al día siguiente, el supuesto tío se fue, y mi compañero aprovechó un segundo en que calentaba mi almuerzo en el microondas para increparme en la cocina. Estaba ofendido. Sí. Estaba ofendido porque le insulté la mañana en que intentaba desesperadamente hacerle contactar con el chico de Sants. De pronto, también se acordó de que estaba enojado porque en la noche de mi cumpleaños le dije que quizás las chicas porteñas no se interesaban por él porque la mayoría eran medio progre. También me preguntó cuánta plata le había dado al chico para que llevara los pasaportes, porque, según él, la idea era darle 30 euros y el resto era mío. Cosa que nunca me había dicho y que, de todos modos, jamás hubiese aceptado, porque no tendría el valor de pedir a alguien que hiciera semejante favor por 30 míseros euros. Le dije que no tenía tiempo para tonterías, llevé el plato a mi habitación, terminé de comer y salí de casa. 


Como no confiaba en él y no lo quería metido en mis cosas, al salir, no solo cerré la puerta (cosa que no hacía nunca), sino también la persiana, ya que la ventana daba al balcón. Cuando volví, unas 3 horas después, tanto la puerta como la persiana estaban completamente abiertas. Había entrado en mi habitación sin mi permiso y sin ni siquiera disimularlo. Vi que no estaba en casa en ese momento, y le escribí por WhatsApp, en un estado de cólera. “¿Entraste a mi habitación sin mi permiso?”. No respondió. Mi rabia aumentaba a cada segundo. Le llamé. Me atendió y me dio distintas razones por haber entrado a mi habitación. La primera fue que estaba limpiando la casa y quería que corriera el aire. Luego admitió que quería ver si yo le estaba ocultando algo. Ante mi furia, puso la colita entre las piernas y pidió disculpas. 


Los próximos días, intenté decidir qué hacer. Reflexionaba mientras limpiaba sus mocos pegados en la pared del baño con su propia esponja de ducha y veía cómo había tardado tres días en sacar su cepillo de dientes eléctrico de la valija (no tenía otro). Lo evitaba a toda costa, y él hacía lo mismo. Durante varios días ni siquiera nos veíamos. Entre las clases presenciales de catalán y la cantidad inmensa de trabajo que tenía en ese momento, lo último que quería era ponerme a buscar otro piso y mudarme otra vez, pero ya no me quedaba otra. Le avisé con 31 días de anticipación que me iba del piso. “Uhm, vale. Un poco justito, ¿no?”, dijo, aunque lo acordado siempre había sido avisar un mes antes. 


Las semanas siguientes fueron un festival de rubias nórdicas visitando la habitación. Todas terminaban diciéndole que no les interesaba. Cada vez que venía una nueva chica bellísima a ver el piso, en vez de molestarme, me daba más satisfacción, porque significaba que nadie quería vivir ahí. En total debieron haber hecho la visita unas 6 chicas y finalmente 1 chico, que tampoco quiso vivir ahí. 


El día que me fui, estaba acompañada de un amigo que me ayudó a sacar mis cosas. Como inteligencia no es una característica intrínseca de los fachos, él no tuvo mejor idea que decirle a la nueva inquilina (finalmente una le había dicho que sí) que podía entrar al piso al mediodía, justo cuando yo dije que le dejaría las llaves. Al ver dos pequeñas imperfecciones en la pared, provocadas por el espejo que yo tenía pegado, decidió que me sacaría 50 euros de la fianza. Todo esto con la chica sentada en el living, escuchando nuestra amigable interacción. Si sos ladrón, capaz me conseguís robar, pero no sin salir humillado de la escena. Así que le dije, en un tono de voz bastante elevado, que, además de ser un muerto de hambre, era un malagradecido, que pide favores abusivos y encima entra en mi habitación sin mi permiso, invadiendo mi privacidad.


No sé cuánto tiempo habrá vivido la chica en aquella habitación, pero yo salí con el alma lavada y el ex-roomie bloqueado.    


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jueves, 2 de julio de 2026

Roomies: Crónicas de un infierno compartido (en 3 capítulos)

Versión en portugués.

Si bien mi dantesco período compartiendo piso con desconocidos en Barcelona ha llegado a su fin hace algunos meses, por desgracia, nadie me quita lo vivido. Entre tener que limpiar caca de gatos que no son míos, hacer favores absurdos y encontrarme con drogadictos en el baño un lunes por la mañana, esos dos años me dejaron un compilado de situaciones insólitas que solo otro inmigrante desafortunado como yo podría haber vivido.  

Más allá de que sea absolutamente normal en el contexto caótico de esta ciudad —y de muchas otras en Europa—, pasados los primeros tres meses, en los que hasta disfruté de jugar a ser una universitaria veinteañera, no hubo un solo día en que no haya odiado la experiencia. 

Hay gente que no ve problema en vivir así, y hay incluso a quienes les gusta. Yo no sería ninguno de esos casos. Viví esta situación en tres departamentos distintos y solamente uno de mis ex-roommates no se encuentra actualmente bloqueado en WhatsApp, para que se hagan una idea del nivel al que llegó todo. 

Como opino que un buen drama merece ser compartido, decidí hacerlo en capítulos. Y hoy les dejo el primero:


Capítulo 1: The bossy lady with bad taste


Ya de cara vi que no teníamos demasiado en común. The bossy lady tenía gustos y un estilo de vida muy distintos a los míos, pero yo no estaba ahí para juzgar. Era la primera y única persona que conocía en Barcelona y quería que las cosas fluyeran en paz y armonía los tres meses que tenía previsto quedarme ahí, en ese cuartito diminuto y oscuro de un departamento centenario del Eixample.

Ella no era mi única roomie, pero era la “casera”, digamos. Es decir, el contrato de alquiler estaba a su nombre, pero con el otro habitante no tuve demasiadas interacciones, y en general, no me caía mal. Pero ella… ay, ella. Ella me hacía acordar a algunos jefes que tuve a lo largo de mi vida. Le gustaba tener el control. Dar órdenes. Estaba intentando abrir su propio emprendimiento, cuya única empleada era ella misma, de modo que necesitaba ejercer su autoridad de alguna manera, y quién mejor que sus compañeros de piso, ¿no? 

A pesar del estilo uñas de acrílico-labios pinchados-tetas hechas-reguetón-vestidito rosa Shein de 30 cm² combinado con una carterita Versace comprada a plazos en Vinted, yo genuinamente quería que nos lleváramos bien. Quería caerle bien y, sobre todo, que ella me cayera bien. 

Cuando se iba de viaje, cuidaba sus gatos, limpiaba su inmunda caja de arena llena de mierda acumulada y hasta barría las bolas de pelo del living, que no era mi incumbencia. Un par de veces se enfermó y la cuidé, colgué su ropa que se acumulaba mojada en la lavadora porque ella no tenía condiciones de levantarse y le di mi último paquete de galletas saladas integrales porque nada quedaba dentro de su estómago. También la escuchaba pacientemente hablarme durante horas sobre sus viajes por las islas griegas, que no me podrían interesar menos. Todo eso entre actitudes un pelín groseras de su parte, por así decirlo.

A modo de ejemplo, un día estaba tranquila en el baño haciendo pis y la escuché intentando abrir la puerta del departamento con su llave. No podía abrirla porque el otro habitante de la casa había dejado su llave puesta del lado de dentro. La habitación del sujeto quedaba al lado de la puerta de entrada, pero, por alguna razón, él no le abría. Terminé el pis e hice todo lo más rápido que pude, salí corriendo del baño y finalmente le abrí la puerta. 

¿Qué hizo ella? 


a) Me agradeció por haberle abierto la puerta

b) Me dio un abrazo

c) Frunció el ceño mientras refunfuñaba que no podía abrir la puerta 


La respuesta les sorprenderá. 


Así y todo, las cosas se mantuvieron bastante bien hasta… mi última semana en el departamento. Es verdad que las anteriores ya no habían sido las más amigables, porque no le gustó nada cuando finalmente le confirmé que me iba del piso a fines del próximo mes (y sí, ¿qué otra pelotuda le iba a aguantar tan calladita?), pero el rifirrafe fue en la recta final de nuestra convivencia.

Resulta que en esa última semana, la heladera del departamento se rompió, y entre traer la nueva y sacar las cosas de la heladera rota, algunas cosas guardadas empezaron a oler mal. Ella me pidió que sacara todo lo mío que estuviese en mal estado, que ella luego pasaría todo lo que queríamos mantener a la nueva heladera. Al menos eso fue lo que se pudo entender, y entonces lo hice. Algunas horas después, al mediodía, me dirijo a la cocina para calentar algunas hamburguesas ya cocidas que tenía guardadas en un tupper desde la noche anterior. Y para mi sorpresa, no lo encontré. Lo busqué en todos los rincones de la nueva heladera, y nada. Tampoco estaba fuera. Intrigada y ya un poco incrédula, le pregunté si de casualidad había tirado mi tupper a la basura.  “Ay, no lo sé, he tirado cosas que me parecían estropeadas, no vi qué era, pero te había dicho que quitaras de la nevera vieja lo que querías mantener”, con su tonito bossy habitual, mientras venía en dirección a la cocina. “¿Pero cómo vas a tirar un tupper?”, le pregunté, confundida, a lo que ella responde: “¿Vas a hacer tanto drama por un tupper ahora?”. Entonces, por primera vez, ya sin nada que perder, emparejé mi tono al suyo: “No hice ningún drama, solamente te pregunté si habías tirado mi tupper, porque lo que iba a comer ahora estaba ahí dentro”

Como ella justo se iba a ir de viaje ese día, y tenía miedo a que le hiciera algo a sus gatos, terminó pidiendo disculpas un par de horas después y regalándome dos hamburguesas de las suyas. 

Meses más tarde, tuvimos otra breve discusión por WhatsApp porque tardé más tiempo en “desempadronarme” de su piso, y, según ella, no era lo que habíamos arreglado, de modo que no me devolvería la fianza, y, así sin más, me bloqueó. A esa altura, seguramente mis 500 euros ya no solo se habían convertido en ácido hialurónico, como probablemente ya se habían disuelto.



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jueves, 14 de mayo de 2026

Ser de donde sea

Versão em português.

No sé si es algo de lo que enorgullecerme o, más bien, algo que me quita un poco de esencia, pero mi capacidad de adaptación a cualquier lugar o situación (por más estrafalaria que sea) en la que me meta es, como mínimo, impresionante. Vivir en mi tercer país y en mi quinta ciudad ya no me deja dudas de que, venga lo que venga, cambie lo que cambie, en dos días será como si mi vida nunca hubiera sido de otra manera.

Pude pasar tranquilamente de comer arroz com feijão, mandioca frita y farofa con frecuencia casi ritual a no sentir ni el olor de esas comidas de manera permanente cuando me mudé a Buenos Aires. Todo eso con lo que crecí presente sobre la mesa, de un día para el otro dio lugar a milanesas, empanadas y guisos de fideos. Que, en un parpadeo, casi nueve años después, también volvieron a desaparecer del radar cuando me mudé a Barcelona. ¿Yo? Impasible. Impávida. Circunspecta. Pásame estas croquetas de jamón serrano, pues.

Siempre me preguntan si extraño la comida, la cultura, a la gente (no como individuos, es decir, el modo de ser de las personas) o cómo funcionan las cosas en Brasil, y eventualmente también en Argentina, y la verdad es que no suelo pensar en nada de eso. Cuando alguien de mi familia viene a visitarme, trae toneladas de paçoquitas, pão de mel y otras cosas cuya existencia había olvidado y que, por ende, no suelo extrañar.

Cuando llevé uno de los paquetes de pão de mel al trabajo para compartir con mis compañeros, una de ellas dijo, con mucha pena en la mirada mientras masticaba, que no debía de ser nada fácil no tener a mano las comidas que solía comer siempre en Brasil. Estuve unos segundos pensando cómo responderle que no me podría chupar más un huevo sin parecer una insensible. “Un poco, jaja”, me limité a decir, bajo su mirada conmovida.

No se trata de que ya no me gusten. Me encanta la paçoquita, el pão de mel, la tapioca, la coxinha, la cocada y, cuando voy a Brasil, como eso y muchísimas otras cosas más que me gustan y que solo existen ahí. Pero no vuelvo a pensar en ninguna de ellas cuando me voy. Aunque su presencia me cause alegría, su ausencia no es algo que me haga sufrir.

Cuando me fui de Buenos Aires, admito que al principio hubo algo de nostalgia, un antojito de empanadas, medialunas, milanesas y alfajores. De meter una cuchara sopera dentro de un tarro de dulce de leche y sacarle un tercio del contenido, así, de una. Pero duró tan poco que, a pesar de que hay un local de empanadas argentinas cada tres esquinas en Barcelona, hace meses que no como una.

Y no se trata solo de comida, por supuesto. Suelo adaptarme fácilmente a cualquier costumbre y tradición. Incluso mi costado de mujer tradicional merecería su propio essay en este blog. Este año, por ejemplo, me jacté de haber recibido tres rosas el día de Sant Jordi y, en este momento, estoy pensando en los planes para la noche de Sant Joan. ¿Playa otra vez?

También me desacostumbré a muchas cosas: a dejar propina obligatoriamente en cualquier cueva maloliente donde me sirvan una caña, a esperar a que pasen todos los autos para poder cruzar por el paso de cebra, a no estirar el brazo para parar el bus y, al subirme, no informarle al chofer adónde voy (realmente no le interesa).

Me acostumbré a que la mayoría de las personas en Barcelona no son de Barcelona. Probablemente ni siquiera de España. Me acostumbré a que sea normal tener cuarenta años y compartir piso con desconocidos, a que el ajuntament limpie las cacas de palomas de mi vereda dos veces al día, a que lo correcto sea tener cuatro tachos de basura en la cocina, y a que ese ruido aterrador no sea un tiroteo, sino alguien tirando botellas de vidrio en el contenedor verde.

También me acostumbré a que comprar una monstera en la tienda de plantas no me lleve a la bancarrota, y a que ni siquiera un fin de semana en Luxemburgo o Berlín lo haga. Y, sobre todo, me acostumbré a que el yogur griego no sea un lujo. Tampoco la pasta Barilla.

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sábado, 7 de marzo de 2026

Un ramo de tulipanes

Versão em português.


Recién había vuelto de llevar la primera tanda cosas al departamento nuevo, pasé por el Aldi a comprarme un chocolate y una botellita de Ladrón de Manzanas y los tenía en la cartera. Yo sé reconocer la felicidad cuando la siento, y ahí estaba ella. 

Esa mañana de viernes, después de dos años y 1 día, yo finalmente había firmado el contrato. Dejaría de vivir como una estudiante de ciencias sociales de país subdesarrollado y pasaría a compartir la cocina (una divina cocina, importante mencionarlo) solamente con el hombre que me regala bombones Lindt y dice “¿no crees que ya tomamos demasiado?” antes de que terminemos la botella de lambrusco. 

Fue entonces cuando la vi. No sé qué cara tenía, porque la vi de espalda, pero estoy segura de que debía ser una de felicidad. Volvía del trabajo y en la mano derecha llevaba un ramo de tulipanes amarillos y en la otra, una botella de vino blanco. Pensé en muchas posibilidades y todas me hicieron sonreír. Tenía ganas de andar más rápido, de alcanzarla y decirle cualquier cosa tipo “quisiera ser vos, o la persona con quien vas a estar hoy”. Pero aunque estuviera sola, me parecía un planazo. Tulipanes y vino blanco. Me imagino cuál sería el plato. El mío, pasta con atún, como casi todos los viernes, porque ya me había resignado a los desafíos de cocinarme algo más elaborado en aquella cocina donde la bacteria más inofensiva me podría transmitir fiebre tifoidea. 

Todavía hay cajas de Ikea y de Jysk cerradas esparcidas por el living, esperando a que el hombre sexy de los bombones Lindt tenga las herramientas necesarias para convertir todo en muebles de verdad. 

Mientras tanto, sonrío mirando el techo, las paredes blancas, el sillón que necesita mantas, los almohadones sin funda. Ya no tengo más que entrar a Idealista y a Habitáclia 60 veces por día y volverme loca porque al momento de hacer clic en “enviar mensaje” el anuncio ya había sido eliminado. Ya no tengo que convencer a ningún agente inmobiliario de que es bastante complicado trabajar con contrato indefinido y poder ir a visitar departamentos a las cuatro de la tarde a la vez. Ya no tengo que visitar cautiverios en el Raval ni rezar para que la visita no sea una trampa para violarme o robar mi Samsung comprado en 2021.

La vida es una maldita perra a veces, te preguntás “¿por qué tiene que ser así?”, y pasa que simplemente tiene que ser así y punto. Menos mal que todo ha sido así. Yo sigo acá, viviendo 50 vidas en una y comprobando que difícil no es lo mismo que imposible. 


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martes, 30 de diciembre de 2025

The life of an employed girl

Versão em português.


Si miro justo a la izquierda desde mi escritorio en la oficina, veo la Sagrada Familia. Más o menos del mismo lado, pero mirando más hacia adelante, veo la Torre Glòries. Hace dos meses oscilo entre creer que soy privilegiada y querer arrancarme los ojos por haber perdido la
libertad freelance, tener que dejar mi habitación por las mañanas y hablar con gente durante nueve horas por día, cinco días por semana. Morrissey lo explica en Heaven Knows I’m Miserable Now.

Tengo un monitor extra, que prendo todos los días porque todos en la oficina tienen un monitor prendido al lado de sus laptops. Lo prendo cada mañana y arrastro alguna página de la que finjo necesitar consultar información constantemente y la dejo ahí todo el día. Tengo un tupper de vidrio donde todos los días traigo algo que metí en el horno la noche anterior mientras me bañaba. De vidrio, porque soy una adulta con tupper y miedo al cáncer. Tengo una tarjeta que me permite entrar y salir de la oficina y que registra mi hora de entrada y de salida. Tengo reuniones presenciales en salas con nombres cool y los martes y los jueves llenan dos canastas enormes con frutas diversas en el comedor. 

La última vez que tuve alguna de estas cosas fue hace casi seis años. ¿Las extrañaba? No exactamente. ¿Extraño trabajar todos los días en pantuflas, vistiendo aquel suéter gris casi transparente que ya debería haber sido jubilado hace años? Tampoco. Lo que no me gusta son los extremos.

Todos creían que trabajaba menos horas que un ser humano normal siendo freelance, y no les quito la razón. Ahora tardo el doble en hacer lo mismo que hacía antes en mi casa como freelance. Adrede. Me puse en velocidad 0.50 porque si voy a tener que estar sentada en mi escritorio durante 8 horas de todos modos, es mejor estar haciendo algo que mirando el techo. O la Sagrada Familia a través de la ventana. 

No me deja de impresionar la lógica capitalista que hace que las empresas gasten cada día tres horas más en suministros de las que podrían estar gastando, y he decidido entrar en el juego. No hago el segundo pis de la mañana en casa, lo guardo para el baño de la oficina. Lo mismo antes de irme: salgo con la vejiga completamente vacía. Paso hilo dental en todos los dientes después de comer, algo que si hiciera en mi casa ahora sería una tremenda pérdida de tiempo. A veces también uso parte de mi pausa para ir al supermercado o al bazar chino a comprar algo que me falta. No porque después del trabajo tenga algo mucho más importante para hacer que ir al gimnasio, limpiar el inodoro o colgar la ropa. Es sobre todo para que al menos una vez por semana pueda llegar, tirarme en mi cama por algunos minutos pensando “no tengo NADA para hacer”, y sonreír.

Dejando las nimiedades de lado, era lo que quería: terminar el año con cierta estabilidad económica y, consecuentemente, emocional. Aunque esto me haya hecho tener que elegir entre los temas de mi último post de 2025: mis favoritos del año, mi retrospectiva del año, y esto que acabas de leer. 


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viernes, 24 de octubre de 2025

Todos los animales alados del mundo en mi estómago

Versão em português.

Amarlo me hace acordar de cuando íbamos a visitar a mi abuelo en Cerro Largo, en los 90. El último tramo de la ruta tenía unas subidas y bajadas que mi padre deliberadamente pasaba un poco más rápido con el Chevette Junior rojo porque sabía que a mí, a mi hermana y a mi madre nos gustaba la sensación de “mariposas en el estómago” cada vez que el auto bajaba y subía en milésimas de segundo. Nos reíamos y, a veces, soltábamos unos gritos agudos, porque la sensación era buena, pero a la vez daba un poquito de miedo. Bueno, al menos a mí me daba. Era solo una nena que aún conservaba en el pelo rubio la trencita de mostacillas que me habían hecho en la playa unas semanas antes.

Me he vuelto a sentir así 25 años después. Sin la ruta, sin el Chevette y sin visitas al abuelo. Me siento así todos los días. Cuando está. Cuando no está. Cuando llega. Cuando se va. Cuando me mira en silencio. Cuando vibramos en la misma frecuencia. Cuando nuestras almas se entrelazan como nuestros cuerpos.

Me acuerdo de cuando no entendía nada. Cuando algunas cosas no tenían sentido y algunas preguntas se quedaban sin respuesta. Me acuerdo de cuando no había certezas, cuando mis pensamientos chocaban y nuestras voces también. Sentía todos los animales alados del mundo volando en mi estómago, y ni las sesiones con Patricia me ayudaban a entender qué era aquello que me pasaba. Porque “no es la primera vez”, decía yo. “Soy veterana, sé cómo debería sentirme”. 

Luego entendí que nadie es veterano en el amor, porque el amor nunca es igual. Y entendí por qué sentía que amarlo era como tirarme a una pileta con los ojos vendados sin saber si hay agua o no. Sin saber la profundidad. Si flotaría o tendría que nadar. Sin saber si sería posible volver a la superficie. Y también entendí por qué me volvería a tirar una y otra vez. Las veces que fuesen necesarias.

Amarlo es una de esas experiencias que una simplemente no espera. Nadie podría esperar esto. Todos quieren amar, pero no hay modo de que alguien espere amar de esta manera, porque hasta que no suceda es imposible saber que esto existe.

Amarlo es convertirse en personas distintas, porque cada circunstancia exige que seas de una forma. Es ser fuerte cuando algunas cosas empiezan a caerse a pedazos, y ser débil cuando ya no podés más. Es ser adulta cuando sabés que tu futuro está ahí, y ser infantil cuando necesitás responder al mismo nivel. Es ir a los extremos cuando todo lo que hiciste no funcionó, y acostarte en la cama tranquila porque, al final, no hay nada de que preocuparse.

Amarlo es no tener certezas, pero tener deseos y saber que podrán ser cumplidos. Es entender que la perfección vive en las imperfecciones y que, mientras esté, todo estará bien. Aun cuando todo esté mal. Es tener la constante sensación de que el resto de mi vida ya empezó.

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martes, 16 de septiembre de 2025

Los elegidos

Siempre fui de la opinión de que hay solo dos tipos de personas que votan a la derecha: las que nunca tuvieron el pensar como un hábito (los popularmente conocidos pobres de derecha), y las que se benefician monetariamente de manera directa de esa ideología. Forman parte del segundo grupo los propios políticos, empresarios multimillonarios e influencers que ganan dinero repitiendo como loros frases hechas con el tenor más absurdo posible en el afán de viralizar.

De hecho, este tercer segmento, el de los que ganan la vida saltándose la mayor cantidad posible de derechos humanos delante de una cámara, me resulta, de cierto modo, fascinante. Sí, porque ellos muchas veces ni siquiera creen totalmente en lo que dicen, pero encontraron su nicho. Un nicho formado única y exclusivamente por el primer tipo de votantes de la derecha. Y se dieron cuenta muy rápido de que toda su audiencia es lo bastante tonta como para ayudarlos a bancar sus pequeños lujos y hacerlos famosos.

Por razones lógicas, no suelo relacionarme con gente que está en contra de mi existencia (mujer, inmigrante, de clase obrera, entre otros aspectos que me hacen una pieza sin utilidad en su juego de “quién tiene más valor”), pero lamentablemente personas muy cercanas a mí sí se relacionan. Esto hace que mi pequeña burbuja de gente que no odia a las minorías y no quiere que las mismas pierdan derechos básicos explote de vez en cuando. Y nunca me deja de sorprender.

A los pobres de derecha les encanta repetir el discurso cascado de que es incompatible ser de izquierda y vivir bien, consumir marcas y productos de calidad, como si defender derechos básicos para todos significara hacer voto de pobreza. Y no los culpo, sé que no tienen la capacidad cognoscitiva de pensar ni por una fracción de segundo en qué significa eso. De modo que, si lo dijo alguno de sus ídolos —ya sea algún empresario, político o influencer incel— es suficiente.

Lo curioso es que, precisamente, los que creen que hay una incompatibilidad entre ser de izquierda y vivir bien forman parte de al menos dos de los grupos de abajo:

1 - Pobres
2 - Desempleados
3 - Creen que heredarán la empresa para la que trabajan como operadores de telemarketing
4 - Sueñan con ser funcionarios
5 - Creen que son especiales

Poco se habla sobre cómo el pobre de derecha cree que será el elegido. De dios, del CEO de la empresa donde trabaja, de Elon Musk, de Santiago Abascal, de Donald Trump, de quien sea. Porque el que quiere ser funcionario defiende (o al menos debería defender, según su ideología) la disminución de la máquina pública. Pero menos en lo que le toca a él. Él se queda: su puesto de administrativo de nivel medio que llena planillas debe ser mantenido. Los cargos cortados deben ser otros. El que tiene una novia inmigrante solo está en contra de los otros inmigrantes. Ellos sí se tienen que ir de su país y dejar de robar el trabajo de los que son de ahí de verdad. Su novia no, su novia es especial porque él es especial.

El pobre de derecha está seguro de que algún día llegará a ese lugar que tanto desea. Total, aún es muy joven, solo tiene 30. Además, escuchó de algún youtuber que, al ser hombre, recién ahora está entrando en su prime, es decir, el momento en que todo le empezará a ir bien. Quizás hasta consiga una novia nativa, o al menos nórdica. Pero como le cuesta asimilar más de dos frases seguidas, le faltó entender que no es suficiente con solo cumplir 30 para llegar al prime. Y que si llegó a esa edad siendo muy poco atractivo física e intelectualmente, tener 30 por sí solo no va a mejorar su situación. Tampoco le hará más cool el hecho de que se esté alejando un poquito de la edad que tenía cuando pagó para tener sexo por primera vez. Lo hecho está hecho, compañero.

El pobre de derecha está en contra de la disminución de la jornada laboral, del sueldo mínimo y de cualquier derecho del trabajador, porque ahora que está en su prime será CEO y esos detalles menores ya no le afectarán. Es solo cuestión de tiempo. También está en contra de los impuestos porque le sacan un porcentaje demasiado alto de su remuneración de operador de telemarketing. Sin embargo, todavía no sabe cómo le pagarían su sueldo de funcionario sin la recaudación. 

Es que, bueno, tampoco es su culpa si ninguno de sus incels influencers favoritos subió un reel explicando eso, ni cómo haría para conseguir sus antidepresivos gratis por la sanidad pública.

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