jueves, 2 de julio de 2026

Roomies: Crónicas de un infierno compartido (en 3 capítulos)

Versión en portugués.

Si bien mi dantesco período compartiendo piso con desconocidos en Barcelona ha llegado a su fin hace algunos meses, por desgracia, nadie me quita lo vivido. Entre tener que limpiar caca de gatos que no son míos, hacer favores absurdos y encontrarme con drogadictos en el baño un lunes por la mañana, esos dos años me dejaron un compilado de situaciones insólitas que solo otro inmigrante desafortunado como yo podría haber vivido.  

Más allá de que sea absolutamente normal en el contexto caótico de esta ciudad —y de muchas otras en Europa—, pasados los primeros tres meses, en los que hasta disfruté de jugar a ser una universitaria veinteañera, no hubo un solo día en que no haya odiado la experiencia. 

Hay gente que no ve problema en vivir así, y hay incluso a quienes les gusta. Yo no sería ninguno de esos casos. Viví esta situación en tres departamentos distintos y solamente uno de mis ex-roommates no se encuentra actualmente bloqueado en WhatsApp, para que se hagan una idea del nivel al que llegó todo. 

Como opino que un buen drama merece ser compartido, decidí hacerlo en capítulos. Y hoy les dejo el primero:


Capítulo 1: The bossy lady with bad taste


Ya de cara vi que no teníamos demasiado en común. The bossy lady tenía gustos y un estilo de vida muy distintos a los míos, pero yo no estaba ahí para juzgar. Era la primera y única persona que conocía en Barcelona y quería que las cosas fluyeran en paz y armonía los tres meses que tenía previsto quedarme ahí, en ese cuartito diminuto y oscuro de un departamento centenario del Eixample.

Ella no era mi única roomie, pero era la “casera”, digamos. Es decir, el contrato de alquiler estaba a su nombre, pero con el otro habitante no tuve demasiadas interacciones, y en general, no me caía mal. Pero ella… ay, ella. Ella me hacía acordar a algunos jefes que tuve a lo largo de mi vida. Le gustaba tener el control. Dar órdenes. Estaba intentando abrir su propio emprendimiento, cuya única empleada era ella misma, de modo que necesitaba ejercer su autoridad de alguna manera, y quién mejor que sus compañeros de piso, ¿no? 

A pesar del estilo uñas de acrílico-labios pinchados-tetas hechas-reguetón-vestidito rosa Shein de 30 cm² combinado con una carterita Versace comprada a plazos en Vinted, yo genuinamente quería que nos lleváramos bien. Quería caerle bien y, sobre todo, que ella me cayera bien. 

Cuando se iba de viaje, cuidaba sus gatos, limpiaba su inmunda caja de arena llena de mierda acumulada y hasta barría las bolas de pelo del living, que no era mi incumbencia. Un par de veces se enfermó y la cuidé, colgué su ropa que se acumulaba mojada en la lavadora porque ella no tenía condiciones de levantarse y le di mi último paquete de galletas saladas integrales porque nada quedaba dentro de su estómago. También la escuchaba pacientemente hablarme durante horas sobre sus viajes por las islas griegas, que no me podrían interesar menos. Todo eso entre actitudes un pelín groseras de su parte, por así decirlo.

A modo de ejemplo, un día estaba tranquila en el baño haciendo pis y la escuché intentando abrir la puerta del departamento con su llave. No podía abrirla porque el otro habitante de la casa había dejado su llave puesta del lado de dentro. La habitación del sujeto quedaba al lado de la puerta de entrada, pero, por alguna razón, él no le abría. Terminé el pis e hice todo lo más rápido que pude, salí corriendo del baño y finalmente le abrí la puerta. 

¿Qué hizo ella? 


a) Me agradeció por haberle abierto la puerta

b) Me dio un abrazo

c) Frunció el ceño mientras refunfuñaba que no podía abrir la puerta 


La respuesta les sorprenderá. 


Así y todo, las cosas se mantuvieron bastante bien hasta… mi última semana en el departamento. Es verdad que las anteriores ya no habían sido las más amigables, porque no le gustó nada cuando finalmente le confirmé que me iba del piso a fines del próximo mes (y sí, ¿qué otra pelotuda le iba a aguantar tan calladita?), pero el rifirrafe fue en la recta final de nuestra convivencia.

Resulta que en esa última semana, la heladera del departamento se rompió, y entre traer la nueva y sacar las cosas de la heladera rota, algunas cosas guardadas empezaron a oler mal. Ella me pidió que sacara todo lo mío que estuviese en mal estado, que ella luego pasaría todo lo que queríamos mantener a la nueva heladera. Al menos eso fue lo que se pudo entender, y entonces lo hice. Algunas horas después, al mediodía, me dirijo a la cocina para calentar algunas hamburguesas ya cocidas que tenía guardadas en un tupper desde la noche anterior. Y para mi sorpresa, no lo encontré. Lo busqué en todos los rincones de la nueva heladera, y nada. Tampoco estaba fuera. Intrigada y ya un poco incrédula, le pregunté si de casualidad había tirado mi tupper a la basura.  “Ay, no lo sé, he tirado cosas que me parecían estropeadas, no vi qué era, pero te había dicho que quitaras de la nevera vieja lo que querías mantener”, con su tonito bossy habitual, mientras venía en dirección a la cocina. “¿Pero cómo vas a tirar un tupper?”, le pregunté, confundida, a lo que ella responde: “¿Vas a hacer tanto drama por un tupper ahora?”. Entonces, por primera vez, ya sin nada que perder, emparejé mi tono al suyo: “No hice ningún drama, solamente te pregunté si habías tirado mi tupper, porque lo que iba a comer ahora estaba ahí dentro”

Como ella justo se iba a ir de viaje ese día, y tenía miedo a que le hiciera algo a sus gatos, terminó pidiendo disculpas un par de horas después y regalándome dos hamburguesas de las suyas. 

Meses más tarde, tuvimos otra breve discusión por WhatsApp porque tardé más tiempo en “desempadronarme” de su piso, y, según ella, no era lo que habíamos arreglado, de modo que no me devolvería la fianza, y, así sin más, me bloqueó. A esa altura, seguramente mis 500 euros ya no solo se habían convertido en ácido hialurónico, como probablemente ya se habían disuelto.



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jueves, 14 de mayo de 2026

Ser de donde sea

Versão em português.

No sé si es algo de lo que enorgullecerme o, más bien, algo que me quita un poco de esencia, pero mi capacidad de adaptación a cualquier lugar o situación (por más estrafalaria que sea) en la que me meta es, como mínimo, impresionante. Vivir en mi tercer país y en mi quinta ciudad ya no me deja dudas de que, venga lo que venga, cambie lo que cambie, en dos días será como si mi vida nunca hubiera sido de otra manera.

Pude pasar tranquilamente de comer arroz com feijão, mandioca frita y farofa con frecuencia casi ritual a no sentir ni el olor de esas comidas de manera permanente cuando me mudé a Buenos Aires. Todo eso con lo que crecí presente sobre la mesa, de un día para el otro dio lugar a milanesas, empanadas y guisos de fideos. Que, en un parpadeo, casi nueve años después, también volvieron a desaparecer del radar cuando me mudé a Barcelona. ¿Yo? Impasible. Impávida. Circunspecta. Pásame estas croquetas de jamón serrano, pues.

Siempre me preguntan si extraño la comida, la cultura, a la gente (no como individuos, es decir, el modo de ser de las personas) o cómo funcionan las cosas en Brasil, y eventualmente también en Argentina, y la verdad es que no suelo pensar en nada de eso. Cuando alguien de mi familia viene a visitarme, trae toneladas de paçoquitas, pão de mel y otras cosas cuya existencia había olvidado y que, por ende, no suelo extrañar.

Cuando llevé uno de los paquetes de pão de mel al trabajo para compartir con mis compañeros, una de ellas dijo, con mucha pena en la mirada mientras masticaba, que no debía de ser nada fácil no tener a mano las comidas que solía comer siempre en Brasil. Estuve unos segundos pensando cómo responderle que no me podría chupar más un huevo sin parecer una insensible. “Un poco, jaja”, me limité a decir, bajo su mirada conmovida.

No se trata de que ya no me gusten. Me encanta la paçoquita, el pão de mel, la tapioca, la coxinha, la cocada y, cuando voy a Brasil, como eso y muchísimas otras cosas más que me gustan y que solo existen ahí. Pero no vuelvo a pensar en ninguna de ellas cuando me voy. Aunque su presencia me cause alegría, su ausencia no es algo que me haga sufrir.

Cuando me fui de Buenos Aires, admito que al principio hubo algo de nostalgia, un antojito de empanadas, medialunas, milanesas y alfajores. De meter una cuchara sopera dentro de un tarro de dulce de leche y sacarle un tercio del contenido, así, de una. Pero duró tan poco que, a pesar de que hay un local de empanadas argentinas cada tres esquinas en Barcelona, hace meses que no como una.

Y no se trata solo de comida, por supuesto. Suelo adaptarme fácilmente a cualquier costumbre y tradición. Incluso mi costado de mujer tradicional merecería su propio essay en este blog. Este año, por ejemplo, me jacté de haber recibido tres rosas el día de Sant Jordi y, en este momento, estoy pensando en los planes para la noche de Sant Joan. ¿Playa otra vez?

También me desacostumbré a muchas cosas: a dejar propina obligatoriamente en cualquier cueva maloliente donde me sirvan una caña, a esperar a que pasen todos los autos para poder cruzar por el paso de cebra, a no estirar el brazo para parar el bus y, al subirme, no informarle al chofer adónde voy (realmente no le interesa).

Me acostumbré a que la mayoría de las personas en Barcelona no son de Barcelona. Probablemente ni siquiera de España. Me acostumbré a que sea normal tener cuarenta años y compartir piso con desconocidos, a que el ajuntament limpie las cacas de palomas de mi vereda dos veces al día, a que lo correcto sea tener cuatro tachos de basura en la cocina, y a que ese ruido aterrador no sea un tiroteo, sino alguien tirando botellas de vidrio en el contenedor verde.

También me acostumbré a que comprar una monstera en la tienda de plantas no me lleve a la bancarrota, y a que ni siquiera un fin de semana en Luxemburgo o Berlín lo haga. Y, sobre todo, me acostumbré a que el yogur griego no sea un lujo. Tampoco la pasta Barilla.

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sábado, 7 de marzo de 2026

Un ramo de tulipanes

Versão em português.


Recién había vuelto de llevar la primera tanda cosas al departamento nuevo, pasé por el Aldi a comprarme un chocolate y una botellita de Ladrón de Manzanas y los tenía en la cartera. Yo sé reconocer la felicidad cuando la siento, y ahí estaba ella. 

Esa mañana de viernes, después de dos años y 1 día, yo finalmente había firmado el contrato. Dejaría de vivir como una estudiante de ciencias sociales de país subdesarrollado y pasaría a compartir la cocina (una divina cocina, importante mencionarlo) solamente con el hombre que me regala bombones Lindt y dice “¿no crees que ya tomamos demasiado?” antes de que terminemos la botella de lambrusco. 

Fue entonces cuando la vi. No sé qué cara tenía, porque la vi de espalda, pero estoy segura de que debía ser una de felicidad. Volvía del trabajo y en la mano derecha llevaba un ramo de tulipanes amarillos y en la otra, una botella de vino blanco. Pensé en muchas posibilidades y todas me hicieron sonreír. Tenía ganas de andar más rápido, de alcanzarla y decirle cualquier cosa tipo “quisiera ser vos, o la persona con quien vas a estar hoy”. Pero aunque estuviera sola, me parecía un planazo. Tulipanes y vino blanco. Me imagino cuál sería el plato. El mío, pasta con atún, como casi todos los viernes, porque ya me había resignado a los desafíos de cocinarme algo más elaborado en aquella cocina donde la bacteria más inofensiva me podría transmitir fiebre tifoidea. 

Todavía hay cajas de Ikea y de Jysk cerradas esparcidas por el living, esperando a que el hombre sexy de los bombones Lindt tenga las herramientas necesarias para convertir todo en muebles de verdad. 

Mientras tanto, sonrío mirando el techo, las paredes blancas, el sillón que necesita mantas, los almohadones sin funda. Ya no tengo más que entrar a Idealista y a Habitáclia 60 veces por día y volverme loca porque al momento de hacer clic en “enviar mensaje” el anuncio ya había sido eliminado. Ya no tengo que convencer a ningún agente inmobiliario de que es bastante complicado trabajar con contrato indefinido y poder ir a visitar departamentos a las cuatro de la tarde a la vez. Ya no tengo que visitar cautiverios en el Raval ni rezar para que la visita no sea una trampa para violarme o robar mi Samsung comprado en 2021.

La vida es una maldita perra a veces, te preguntás “¿por qué tiene que ser así?”, y pasa que simplemente tiene que ser así y punto. Menos mal que todo ha sido así. Yo sigo acá, viviendo 50 vidas en una y comprobando que difícil no es lo mismo que imposible. 


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martes, 30 de diciembre de 2025

The life of an employed girl

Versão em português.


Si miro justo a la izquierda desde mi escritorio en la oficina, veo la Sagrada Familia. Más o menos del mismo lado, pero mirando más hacia adelante, veo la Torre Glòries. Hace dos meses oscilo entre creer que soy privilegiada y querer arrancarme los ojos por haber perdido la
libertad freelance, tener que dejar mi habitación por las mañanas y hablar con gente durante nueve horas por día, cinco días por semana. Morrissey lo explica en Heaven Knows I’m Miserable Now.

Tengo un monitor extra, que prendo todos los días porque todos en la oficina tienen un monitor prendido al lado de sus laptops. Lo prendo cada mañana y arrastro alguna página de la que finjo necesitar consultar información constantemente y la dejo ahí todo el día. Tengo un tupper de vidrio donde todos los días traigo algo que metí en el horno la noche anterior mientras me bañaba. De vidrio, porque soy una adulta con tupper y miedo al cáncer. Tengo una tarjeta que me permite entrar y salir de la oficina y que registra mi hora de entrada y de salida. Tengo reuniones presenciales en salas con nombres cool y los martes y los jueves llenan dos canastas enormes con frutas diversas en el comedor. 

La última vez que tuve alguna de estas cosas fue hace casi seis años. ¿Las extrañaba? No exactamente. ¿Extraño trabajar todos los días en pantuflas, vistiendo aquel suéter gris casi transparente que ya debería haber sido jubilado hace años? Tampoco. Lo que no me gusta son los extremos.

Todos creían que trabajaba menos horas que un ser humano normal siendo freelance, y no les quito la razón. Ahora tardo el doble en hacer lo mismo que hacía antes en mi casa como freelance. Adrede. Me puse en velocidad 0.50 porque si voy a tener que estar sentada en mi escritorio durante 8 horas de todos modos, es mejor estar haciendo algo que mirando el techo. O la Sagrada Familia a través de la ventana. 

No me deja de impresionar la lógica capitalista que hace que las empresas gasten cada día tres horas más en suministros de las que podrían estar gastando, y he decidido entrar en el juego. No hago el segundo pis de la mañana en casa, lo guardo para el baño de la oficina. Lo mismo antes de irme: salgo con la vejiga completamente vacía. Paso hilo dental en todos los dientes después de comer, algo que si hiciera en mi casa ahora sería una tremenda pérdida de tiempo. A veces también uso parte de mi pausa para ir al supermercado o al bazar chino a comprar algo que me falta. No porque después del trabajo tenga algo mucho más importante para hacer que ir al gimnasio, limpiar el inodoro o colgar la ropa. Es sobre todo para que al menos una vez por semana pueda llegar, tirarme en mi cama por algunos minutos pensando “no tengo NADA para hacer”, y sonreír.

Dejando las nimiedades de lado, era lo que quería: terminar el año con cierta estabilidad económica y, consecuentemente, emocional. Aunque esto me haya hecho tener que elegir entre los temas de mi último post de 2025: mis favoritos del año, mi retrospectiva del año, y esto que acabas de leer. 


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viernes, 24 de octubre de 2025

Todos los animales alados del mundo en mi estómago

Versão em português.

Amarlo me hace acordar de cuando íbamos a visitar a mi abuelo en Cerro Largo, en los 90. El último tramo de la ruta tenía unas subidas y bajadas que mi padre deliberadamente pasaba un poco más rápido con el Chevette Junior rojo porque sabía que a mí, a mi hermana y a mi madre nos gustaba la sensación de “mariposas en el estómago” cada vez que el auto bajaba y subía en milésimas de segundo. Nos reíamos y, a veces, soltábamos unos gritos agudos, porque la sensación era buena, pero a la vez daba un poquito de miedo. Bueno, al menos a mí me daba. Era solo una nena que aún conservaba en el pelo rubio la trencita de mostacillas que me habían hecho en la playa unas semanas antes.

Me he vuelto a sentir así 25 años después. Sin la ruta, sin el Chevette y sin visitas al abuelo. Me siento así todos los días. Cuando está. Cuando no está. Cuando llega. Cuando se va. Cuando me mira en silencio. Cuando vibramos en la misma frecuencia. Cuando nuestras almas se entrelazan como nuestros cuerpos.

Me acuerdo de cuando no entendía nada. Cuando algunas cosas no tenían sentido y algunas preguntas se quedaban sin respuesta. Me acuerdo de cuando no había certezas, cuando mis pensamientos chocaban y nuestras voces también. Sentía todos los animales alados del mundo volando en mi estómago, y ni las sesiones con Patricia me ayudaban a entender qué era aquello que me pasaba. Porque “no es la primera vez”, decía yo. “Soy veterana, sé cómo debería sentirme”. 

Luego entendí que nadie es veterano en el amor, porque el amor nunca es igual. Y entendí por qué sentía que amarlo era como tirarme a una pileta con los ojos vendados sin saber si hay agua o no. Sin saber la profundidad. Si flotaría o tendría que nadar. Sin saber si sería posible volver a la superficie. Y también entendí por qué me volvería a tirar una y otra vez. Las veces que fuesen necesarias.

Amarlo es una de esas experiencias que una simplemente no espera. Nadie podría esperar esto. Todos quieren amar, pero no hay modo de que alguien espere amar de esta manera, porque hasta que no suceda es imposible saber que esto existe.

Amarlo es convertirse en personas distintas, porque cada circunstancia exige que seas de una forma. Es ser fuerte cuando algunas cosas empiezan a caerse a pedazos, y ser débil cuando ya no podés más. Es ser adulta cuando sabés que tu futuro está ahí, y ser infantil cuando necesitás responder al mismo nivel. Es ir a los extremos cuando todo lo que hiciste no funcionó, y acostarte en la cama tranquila porque, al final, no hay nada de que preocuparse.

Amarlo es no tener certezas, pero tener deseos y saber que podrán ser cumplidos. Es entender que la perfección vive en las imperfecciones y que, mientras esté, todo estará bien. Aun cuando todo esté mal. Es tener la constante sensación de que el resto de mi vida ya empezó.

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martes, 16 de septiembre de 2025

Los elegidos

Siempre fui de la opinión de que hay solo dos tipos de personas que votan a la derecha: las que nunca tuvieron el pensar como un hábito (los popularmente conocidos pobres de derecha), y las que se benefician monetariamente de manera directa de esa ideología. Forman parte del segundo grupo los propios políticos, empresarios multimillonarios e influencers que ganan dinero repitiendo como loros frases hechas con el tenor más absurdo posible en el afán de viralizar.

De hecho, este tercer segmento, el de los que ganan la vida saltándose la mayor cantidad posible de derechos humanos delante de una cámara, me resulta, de cierto modo, fascinante. Sí, porque ellos muchas veces ni siquiera creen totalmente en lo que dicen, pero encontraron su nicho. Un nicho formado única y exclusivamente por el primer tipo de votantes de la derecha. Y se dieron cuenta muy rápido de que toda su audiencia es lo bastante tonta como para ayudarlos a bancar sus pequeños lujos y hacerlos famosos.

Por razones lógicas, no suelo relacionarme con gente que está en contra de mi existencia (mujer, inmigrante, de clase obrera, entre otros aspectos que me hacen una pieza sin utilidad en su juego de “quién tiene más valor”), pero lamentablemente personas muy cercanas a mí sí se relacionan. Esto hace que mi pequeña burbuja de gente que no odia a las minorías y no quiere que las mismas pierdan derechos básicos explote de vez en cuando. Y nunca me deja de sorprender.

A los pobres de derecha les encanta repetir el discurso cascado de que es incompatible ser de izquierda y vivir bien, consumir marcas y productos de calidad, como si defender derechos básicos para todos significara hacer voto de pobreza. Y no los culpo, sé que no tienen la capacidad cognoscitiva de pensar ni por una fracción de segundo en qué significa eso. De modo que, si lo dijo alguno de sus ídolos —ya sea algún empresario, político o influencer incel— es suficiente.

Lo curioso es que, precisamente, los que creen que hay una incompatibilidad entre ser de izquierda y vivir bien forman parte de al menos dos de los grupos de abajo:

1 - Pobres
2 - Desempleados
3 - Creen que heredarán la empresa para la que trabajan como operadores de telemarketing
4 - Sueñan con ser funcionarios
5 - Creen que son especiales

Poco se habla sobre cómo el pobre de derecha cree que será el elegido. De dios, del CEO de la empresa donde trabaja, de Elon Musk, de Santiago Abascal, de Donald Trump, de quien sea. Porque el que quiere ser funcionario defiende (o al menos debería defender, según su ideología) la disminución de la máquina pública. Pero menos en lo que le toca a él. Él se queda: su puesto de administrativo de nivel medio que llena planillas debe ser mantenido. Los cargos cortados deben ser otros. El que tiene una novia inmigrante solo está en contra de los otros inmigrantes. Ellos sí se tienen que ir de su país y dejar de robar el trabajo de los que son de ahí de verdad. Su novia no, su novia es especial porque él es especial.

El pobre de derecha está seguro de que algún día llegará a ese lugar que tanto desea. Total, aún es muy joven, solo tiene 30. Además, escuchó de algún youtuber que, al ser hombre, recién ahora está entrando en su prime, es decir, el momento en que todo le empezará a ir bien. Quizás hasta consiga una novia nativa, o al menos nórdica. Pero como le cuesta asimilar más de dos frases seguidas, le faltó entender que no es suficiente con solo cumplir 30 para llegar al prime. Y que si llegó a esa edad siendo muy poco atractivo física e intelectualmente, tener 30 por sí solo no va a mejorar su situación. Tampoco le hará más cool el hecho de que se esté alejando un poquito de la edad que tenía cuando pagó para tener sexo por primera vez. Lo hecho está hecho, compañero.

El pobre de derecha está en contra de la disminución de la jornada laboral, del sueldo mínimo y de cualquier derecho del trabajador, porque ahora que está en su prime será CEO y esos detalles menores ya no le afectarán. Es solo cuestión de tiempo. También está en contra de los impuestos porque le sacan un porcentaje demasiado alto de su remuneración de operador de telemarketing. Sin embargo, todavía no sabe cómo le pagarían su sueldo de funcionario sin la recaudación. 

Es que, bueno, tampoco es su culpa si ninguno de sus incels influencers favoritos subió un reel explicando eso, ni cómo haría para conseguir sus antidepresivos gratis por la sanidad pública.

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lunes, 1 de septiembre de 2025

La otra

 Versão em português.

Mucha gente tiende a pensar en “la otra” como una mala persona, una mujer insidiosa y malintencionada por naturaleza. Yo, sin embargo, después de años consumiendo contenido heteronormativo —ficcional y no ficcional—, con muchas “otras” involucradas, y habiendo conocido también a algunas “otras” en la vida real, salgo a defenderlas.

“La otra” no es más que una víctima. Y no solamente una víctima de la rata inmunda del hombre comprometido que tiene algún tipo de relación con ella. “La otra” es también una víctima de ella misma. Salvo excepciones —de las que trataré más adelante—, “la otra” es una mujer insegura, con baja autoestima, posiblemente con daddy issues y que en su vida ha recibido muy poca atención, sobre todo masculina. Cuando la rata inmunda le da una pizca de esa atención que tanto le faltó, ya es suficiente para que se enganche y se convierta finalmente en “la otra”.

“La otra” solo es “la otra” porque nunca pudo ser “la oficial”. No necesariamente la oficial de la rata inmunda en cuestión, sino la oficial de cualquier hombre que se le haya cruzado en el camino. Por sus problemas de inseguridad y miedo a la soledad, “la otra” prefiere ser “la otra” antes que adoptar tres gatos, abrirse una botella de Malbec y ser feliz por el resto de su vida ahorrando en bótox.

Algo que normalmente se piensa de “la otra” es que, cuando está en la soledad de su habitación, se ríe de “la oficial” porque está comiéndose a su marido. Nada más lejos de la realidad. “La otra”, en la soledad de su habitación, llora desconsoladamente y se quiere arrancar las tripas, porque sabe que la rata inmunda está, en ese mismísimo momento, con “la oficial”, que descansa lívida en su cama king size, al lado de la rata inmunda, sin tener la más mínima idea de lo que está sucediendo. “La otra” se quiere arrancar las tripas porque, a pesar de que la rata inmunda le haya dicho en al menos siete ocasiones, en los últimos cuatro meses, que muy pronto dejará a “la oficial”, en el fondo sabe que eso nunca va a pasar.

“La otra” sabe que él no la va a dejar, porque sabemos todas que los hombres no dejan a sus mujeres cuando ya no desean estar con ellas, simplemente esperan a ser dejados en algún momento. Y tienen suerte de que eventualmente eso acabe sucediendo. Pero “la otra” también sabe que son raros los casos en los que la rata inmunda termina convirtiendo a “la otra” en oficial. Porque la rata inmunda, como buena rata inmunda, sabe muy bien que “la otra” tiene todos esos asuntos internos y jamás podría lidiar con ellos de forma oficial.

“La otra” sufre, de eso no caben dudas. Sufre porque está en un loop en el que su inseguridad la llevó a ser “la otra”, y ser “la otra” la hace sentir miserable. Pero, a esa altura, ya es muy difícil dejar de ser “la otra”, porque hay una profunda dependencia emocional y la certeza de que, si deja a la rata inmunda, volverá a ser aquella mujer que no recibía atención masculina jamás. Y “la otra” prefiere las migajas antes que nada.

Ahora bien, como mencioné al principio de este pequeño ensayo, no todas “las otras” son “las otras” porque sufren de inseguridad, baja autoestima, tienen daddy issues y necesitan atención masculina. Hay dos excepciones: las que son “la otra” porque la rata inmunda está cagada en plata, y también “las otras” que están casadas y solo quieren variar el menú semanal —lo que acaba convirtiendo a la rata inmunda también en “el otro”. En ambos casos, el vínculo emocional es prácticamente inexistente, de modo que son las únicas situaciones en las que verías a una badass sujetándose a ese papel.

Yo siempre estuve en contra de cuando “la oficial” decide cagar a “la otra” a trompadas al descubrir el engaño de la rata inmunda. “La otra” no necesita trompadas. “La otra” necesita una buena terapia semanal, tres gatos, una botella de Malbec por semana y, quizás, algunas amigas para decirle que deje de arruinar su psiquis involucrándose con ratas inmundas. La rata inmunda sí se merece las trompadas, pero es mejor hablarle a un profesional que tenga fuerza suficiente como para hacerlo gastar el sueldo de los próximos tres años en implantes dentales.

Por eso, si sos “la oficial”, solo seguí adelante con tu vida, reina. No hiciste nada malo. Si sos “la otra”, quedate con el consejito del párrafo anterior. Todo estará bien. Y si tenés una “otra”, te deseo mucha luz (la luz blanca fluorescente de la morgue).


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