Cuando visité el departamento, sentí una indescriptible sensación de paz. Quedaba en uno de los mejores barrios de Barcelona, tenía una terraza enorme, llena de plantas y objetos curiosos, dos baños, de modo que uno sería prácticamente solo para mí, y un balconcito a la calle en la habitación que estaba en alquiler. Además, el señor de 50 años que me recibió era bastante simpático. Le gustaba mucho hablar. Y cuando digo mucho, era realmente mucho.
Se trataba del cuarto departamento que visitaba en las últimas dos semanas y, esta vez, nadie me había presionado para responder en el mismo instante si quería o no quedarme. Rogué a dios y a todos los santos que el tipo me eligiera a mí en el casting de inquilinos y, al fin, sucedió.
Yo venía de un período un poco complicado: además de la situación insostenible con mi exroomie y la inestabilidad de la vida de freelancer, me recuperaba de una ruptura. Llegar a aquel nuevo departamento sería como empezar una nueva vida. Menos estrés, más libertad y, finalmente, un poco de calma.
El día que llegué con la mudanza, a pesar del cansancio, decidí salir para festejar la nueva vida. En el piso, mi roommate (que en este momento era uno solo, porque el francés de la habitación al lado estaba viajando) también había decidido hacer una pequeña fiesta para algunas amigas cercanas. Cuando volví a casa, alrededor de las 2 de la madrugada, la cosa seguía, pero como estaba muerta de cansada y, además, dormía todas las noches con tapones de oído, la verdad es que su pequeño festejo en el living no me molestó. Pocas cosas podrían ser peores para mí en ese momento que compartir casa con the nasty facho, de modo que estaba tranquila y hasta feliz.
La tranquilidad, sin embargo, no sería el sentimiento más preciso para describir el año entero que pasé en ese departamento. Primero, porque en frente había un colegio, que empezaba sus ruidos trabajos a las 7:30 y muchas veces seguía con actividades deportivas hasta casi las 11 de la noche. También justo abajo de mi balconcito frenchy había tres contenedores de basura, de modo que durante la madrugada pasaban tres camiones a retirar el material de forma muy poco discreta. Además, no tardé en descubrir que la fiestita realizada en mi primera noche era una actividad bastante frecuente y siempre duraba hasta después de que naciera el sol, y que el baño, que era mayoritariamente mío, era el elegido para que sus invitados lo usaran durante las festividades.
Cierta mañana de lunes me desperté a las 7:30 para un compromiso matinal y la puerta del baño estaba cerrada. Pensé que se había quedado trabada, porque ya había pasado otra vez, entonces insistí. La forcé un poco más y, de pronto, la puerta se abrió y de dentro salió una chica con pelo pixie color rosa que me saludó como si nada y se dirigió al living, donde aún permanecían algunos invitados de la noche anterior.
No había un protocolo de limpieza, de modo que ninguno de mis dos compañeros, sobre todo el francés, tenía el hábito de limpiar los espacios comunes. Como tenía miedo de contraer alguna bacteria mortal, limpiaba la cocina dos veces por semana. Ninguno de los dos parecía ver —o importarse con— las manchas de salsa y grasa que cubrían las paredes cada vez que cocinaban. Tampoco se preocupaban por poner la basura dentro del tacho, así que cada vez que lo movía para sacar la bolsa, encontraba detrás de él desde cáscaras de huevos hasta el cartón del rollo de papel higiénico. Y restos de pipas. Toneladas de restos de pipas. The elder teenager estuvo desempleado gran parte de mi paso por su piso, de modo que sus días se resumían en mirar la tele con el volumen en el 67 y comer pipas, haciendo ruido y esparciendo sus restos por todo el living.
Con el tiempo me acostumbré a lavar todos los utensilios de la cocina antes y después de usarlos y a escuchar atentamente las conversaciones que mi compi tenía por teléfono con sus amigos: ahí había información importante sobre posibles juntadas en casa. Eso me permitía planificar mis noches para no estar en el departamento y me daba la pista de cuándo NO limpiar el baño. El baño que supuestamente era de uso mayoritariamente mío, pero lo único que me tocaba, no mayoritariamente, sino únicamente, era su limpieza periódica.
Como a the elder teenager le chupaba un huevo absolutamente todo, incluso a quién llevaba a mi habitación o cuánto tiempo se quedaba ahí, más allá de su comportamiento que no reflejaba su edad, yo no les daba demasiada importancia a esas cuestiones.
Otro de los rasgos característicos de the elder teenager salía a la luz cuando se bañaba y yo abría la canilla de la cocina por una fracción de segundo. Era una acción prohibida en la casa porque el agua de la ducha se enfriaba, pero si estabas en la cocina con las manos llenas de aceite de girasol y alguien decidía bañarse, no quedaba otra. Cuando esto pasaba, desde el baño se escuchaban gritos estremecedores, como si alguien lo estuviera descuartizando. Cosa que yo no entendía, porque cuando me pasaba a mí, simplemente daba un pasito al lado, esperaba a que cerraran la canilla y seguía con mi vida.
A pesar de que nada era tan grave como para decidir irme de ahí de un día al otro, yo sabía que había en mí un límite que en determinado momento sería superado, sin que nada especialmente trágico tuviera que suceder. Prometí que no importaba cuál fuera mi situación, en tres meses pondría todas mis cosas otra vez en valijas y rajaría de ahí, no importaba adónde.
Dos meses después de mi autopromesa, el universo finalmente se convenció de que ya había pasado por pruebas suficientes y de que era merecedora de dejar de compartir departamento con desconocidos. Exactamente un año después de mi llegada, me despedía de la habitación, de la mugre y del elder teenager.
